sábado, 28 de noviembre de 2015

LLANES: UNA RULA GUAPA, PERO HUMILLADA

 

                          OPINIÓN                                                                                                     

Rula de Llanes: guapa y humillada

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·      Las desafortunadas acciones del Principado que afean un edificio emblemático de la villa llanisca

·      En cualquier país civilizado, un inmueble como el de la antigua lonja se habría dejado exento


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Los llaniscos, últimamente, no hemos tenido suerte con dos áreas del Principado. El año pasado, la Consejería de Cultura, haciendo caso omiso de las explicaciones que le dio, en nombre del Ayuntamiento de Llanes, la arquitecta María López Castro, directora del proyecto de adecuación de la Rula para oficina de turismo, abortó la esperanza de que la antigua lonja del pescado recuperase, por fin, su esplendorosa fisonomía original. López Castro defendía con toda lógica la eliminación de un volumen construido en uno de sus laterales (puesto allí inicialmente en los años 40, demolido luego en los 80 y vuelto a poner en 1991), para lograr la adecuada interpretación histórica y arquitectónica del edificio, uno de los ejemplos más admirables del racionalismo arquitectónico. Respetar y preservar el inmueble tal y como lo había concebido su autor (Joaquín Ortiz) en los años 30 requería derribar ese cuerpo extraño, y se derribó, en efecto, por una oportuna orden de la Corporación llanisca. El desbarajuste empezó cuando la Consejería, sin atender a razones, ordenó, a su vez, la reposición del apéndice (aún chirrían las osadas palabras de la encargada de Documentación Histórica, que calificaba la construcción añadida como “un cuidadoso remate para que forme parte de una unidad de estilo con el resto del edificio”). Frente a los razonamientos de López Castro, el Consejo de Patrimonio Cultural de Asturias se agarró al hecho de que el pegote formaba parte del Inventario del Patrimonio Arquitectónico. Ahí se atrincheró con uñas y dientes la Consejería, olvidando que un inventario no es la perfección absoluta. ¿Acaso la relación de bienes inventariados no es susceptible de modificarse o corregirse cuando se trata de rescatar la autenticidad de una obra de arte?
El mal fario, que no cesa, también ha venido a cebarse por obra y gracia de la Dirección General de Puertos, responsable, en última instancia, de la ubicación de la polémica pasarela junto a la Rula (el peor sitio posible, el que menos necesidades resuelve, según la opinión de muchos vecinos). Ese organismo de la Administración regional ya estuvo a punto de darnos un buen susto hace unos años, con motivo de los trabajos de remodelación del puerto interior para destinarlo a embarcaciones deportivas: un técnico con alta responsabilidad en la Consejería de Fomento llegó a barajar entonces la posibilidad de eliminar la obra de Ortiz, al considerarla un estorbo. Esto, que no trascendió en los medios de comunicación ni se reflejó en el proyecto de obras, nos lo ha revelado un ex presidente del Club Marítimo.

EL NO SABER CUIDAR LAS COSAS...

En los países civilizados, que saben cuidar el patrimonio cultural, la intervención sobre un equipamiento con la visibilidad y la centralidad del que nos ocupa no habría ofrecido duda alguna: se habría dejado exento y se le habría devuelto su aspecto primigenio, liberándolo de añadidos contra natura. Una de las particularidades de la vieja Rula es, precisamente, su condición de obra aislada y ajena al entorno. Rafael Moneo, que siempre se preocupa por la “reflexión intelectual” que hay detrás de la buena arquitectura, podría dar muchas explicaciones sobre el ‘estilo barco’ (en la línea de Le Corbusier) del edificio de Ortiz, que, contemplado desde el Puente, semeja estar anclado en el umbral de salida a la mar. Moneo (al que tuve el honor de entregar personalmente mi libro “Joaquín Ortiz, un arquitecto racionalista”) ha comentado en alguna ocasión la escasez que hay de edificios exentos: “Es difícil que una construcción encuentre una soledad radical, puesto que todas ellas, en el fondo, son parte de un legado, de todo lo que los hombres han construido a lo largo de la historia”, ha dicho.

Pues bien, en Llanes tenemos en la Rula uno de esos valiosos y escasos edificios exentos que contribuyen al decoro de las ciudades. Habría que haber sabido cuidarla mejor. Por el contrario, nos la han encorsetado, maniatado y afeado con el doble impacto visual del muñón de la pasarela y el malhadado cubículo anexo. Tenemos una Rula guapa, pero humillada. 

(LA NUEVA ESPAÑA, 27 de octubre de 2015)


Con Rafael Moneo en el I Foro de la Cultura (Burgos, noviembre 2015).

miércoles, 25 de noviembre de 2015

LOS SECRETOS DE HELMUT SCHMIDT SOBRE SU ORIGEN JUDÍO


OPINIÓN    
                                                                                                 
Los secretos de Helmut Schmidt

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·  El político alemán, recientemente fallecido, silenció sus orígenes judíos


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Helmut Schmidt, que falleció el 10 de noviembre a los 96 años, era merecedor del Premio Príncipe de Asturias, pero no sé si alguna vez llegó a sonar siquiera su nombre entre las candidaturas al galardón. Al democristiano Helmut Kohl, en cambio, sí se lo dieron en 1996, en la modalidad de Cooperación Internacional, en reconocimiento a su papel en la construcción europea y en la reunificación de Alemania.

Canciller de la República Federal desde 1974 hasta 1982 (y antecesor de Kohl al frente del gobierno alemán), el socialdemócrata Schmidt no sólo había mostrado siempre idéntico ímpetu europeísta que su tocayo, sino que además fijó la idea de la moneda única como objetivo (fue uno de los padres del euro) y contribuyó a institucionalizar las cumbres europeas. Lideró a Europa cuando la crisis del petróleo golpeó a Occidente, en los años 70, y supo hacer frente sin cesiones ni paños calientes al chantaje del terrorismo (en 1977, la banda de extrema izquierda Baader-Meinhof había secuestrado y asesinado, entre otros, al presidente de la patronal, Hans Martin Schleyer).
Antes de llegar a la Cancillería había sido ministro de Defensa y de Economía y Finanzas. Sucedió con dignidad y eficacia al carismático Willy Brandt, de cuya ‘ostpolitik’ fue continuador, y sacó airosamente a su país de una grave recesión mundial.
Hijo de un profesor de magisterio, Helmut Schmidt estaba empapado de la convulsa historia europea. Había pertenecido a las Juventudes Hitlerianas y en la Segunda Guerra Mundial alcanzó el grado de teniente de Artillería de la Luftwaffe y fue condecorado con la Cruz de Hierro. En 1946, coincidiendo con los juicios en Nuremberg a los jerarcas nazis, fue elegido presidente de la Liga de Estudiantes Socialistas. Su biografía es de dominio público excepto en un pequeño detalle sobre sus orígenes familiares, celosamente guardado por él hasta su jubilación: “Mi abuelo era judío y mi padre, según las leyes raciales nazis, era semijudío. Mi padre no quería que se supiese esto, pero como ya ha fallecido no tengo motivos para seguir guardando el secreto”, revelaría en 1988 en un programa de televisión presentado por el ex presidente francés Giscard d’ Estaing, gran amigo suyo.
Helmut Schmidt era un “mischlinge” (un mestizo, en la terminología nazi) con un 25 por ciento de sangre judía. Uno de sus abuelos era hebreo. Según consta en el libro “La tragedia de los soldados judíos de Hitler”, de Bryan Mark Rigg, el ex canciller se contaba entre los 607 alemanes judíos de un cuarto alistados en las fuerzas armadas bajo el nacionalsocialismo: 3 almirantes, 10 generales, 24 coroneles, 10 comandantes, 20 capitanes, 63 tenientes, 55 suboficiales y 422 soldados rasos que al principio quizá no tenían conciencia clara de su identidad judía, pero luego tuvieron que vivir bajo sospecha y en una angustiosa incertidumbre desde 1933 hasta 1945. Los mischlinge autoproclamaban su patriotismo e incluso el entusiasmo por la esvástica; solicitaban certificados de pureza de sangre; aparentaban indiferencia ante la crueldad que empleaba la Wehrmacht en el trato a las “razas inferiores”; combatían en primera línea, y al mismo tiempo intentaban proteger a sus padres, tíos y abuelos, que estaban obligados a llevar prendida la estrella de David, sometidos a racionamientos y prohibiciones, esclavizados en duros trabajos de la Organización Todt y, en no pocos casos, deportados, internados en campos de concentración y asesinados. De todo esto nunca se decidió a hablar Schmidt. Son los secretos que se llevó con él a la tumba.

(Publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA, el 25 de noviembre de 2015).