sábado, 28 de marzo de 2015

LA RULA DE LLANES Y SUS GUARDIANES




“El anexo de la polémica fue levantado en 1991 para servir de congelador a la cofradía de pescadores. Siguiendo las directrices de composición del singular y hermoso edificio original realicé el proyecto para su construcción y dirigí la obra del mismo. He de confesar que fue para mí una decepción que se volviera a reconstruir, pues sin él la vieja Rula, hoy casi rehabilitada, lucía en todo su esplendor”.

(José Luis Batalla Bustillo, arquitecto. Llanes, 29 de marzo de 2015)

EL "NODO" DE LA ALEMANIA NAZI: CINCO MOMENTOS DE LA HISTORIA






miércoles, 25 de marzo de 2015

CRÓNICA VERDE (DEL DECAMERÓN LLANISCO)

Dibujo de Mihaly Zichy.


CRÓNICA MÁS BIEN VERDE

Por Higinio del Río

(LA NUEVA ESPAÑA, Sábado 31 de mayo de 2008)

El palique que se estaba tejiendo, a media voz, en un rincón de la barra del bar “La Gloria” era de alto voltaje. Tenía -parecióme- casi tanto picante como las calenturientas cabecitas de Almudena Grandes y de Pedro Almodóvar. Era como la punta del iceberg del “Decamerón” llanisco, que aún está sin escribir. “Esto suena a tradición oral de la buena”, supuse. No había ropa tendida (Pepín Sánchez Inclán, el ejemplar chigrero, estaba atrapado en la hora punta de las comidas), y agucé el oído para captar el runrún que llegaba desde el corner:
- “Muchu me gusta una rapaza de un club de alterne. Mulatina. Veintipocos años” -oí que confesaba un caballero, en tono confidencial-. “Pero yo creo que me está tomando por el pitu del serenu. Conmigo, se desahoga. El otru día empezó a contame penas y no paraba, la probe: que si su familia, allá en Brasil, está pasándolas de a kilo; que si viven en una chabola como chinches; que si cada hermana tien una recua de hijos de por Dios; que si los sobrinos se dedican a golfiar y a atracar a los turistas… Allí me tenías a mí en calzoncillos, como un pendejo, sentáu al borde del catre y mirando el reloj, temiendo que el encargau empezará a tocanos el timbre, por no decir otra cosa. Así que tuve que cortala en secu: ‘Todo eso está muy bien, pero vete quitándote las bragas, que se nos está pasando la media hora’, la diji”.
La demoledora confidencia no trascendió más allá de mi privilegiada posición en la barra. Sin solución de continuidad, en aquel corrillo empezó a aportar su testimonio un segundo interviniente. Era alguien que había vivido en tierras mexicanas unos cuantos años y que parecía pertrechado de una apañada experiencia en ultramar. “Ahora que saca esti eso os contaré yo que en México coincidí con un mozu de Los Callejos, altu y rocosu como el Palu Poo. Llevaba tres meses por allá, empleau en el negociu de un tíu suyu, trabajando muy duru, y al patrón le pareció llegáu el momentu de que el gachupín soltara lastre y espabilara un pocu”. El tertuliano en el uso de la palabra refirió, con la precisión descriptiva de una página de “Cien años de soledad”, cómo el joven de Los Callejos fue llevado de fiesta a una acreditada casa de lenocinio. “ ‘Escoge la que quieras’, le dijo el tíu, y él se relamió viendo aquel panorama de lencería. Eligió a una indina que parecía como de porcelana y ambos entraron en una recámara. El chingao” -continuaba el narrador- “empezó a cabalgar encima de ella, que apenas podía asomar el jocicu debaju de aquella mole. El mozu sudaba como un topineru y la arengaba: ‘¡Muévete, rechula mía!’ Y el traca-traca del somier se extendía por toda la casa. ‘¡Muévete, coño!’”, insistía el galán, cada vez más sofocau. ‘¡Que te muevas, puñetas, que pareces mensa!’ Hasta que la moza le respondió en un resuellu: ‘¡Si qui-e-res que me mue-va, bá-ja-te, ca-brón!’
- “¿Y qué me decís de aquel famosu cobrador de Mento? ¿Os acordáis de él?” -saltó otro a meter baza- “Era terrible. Buena gente. Ruinucu, pero gallu. Muy gallu. Una vez, en Carreña, quedó en vese con una chavala que estaba sirviendo allí. La línea no salía hasta después de comer y al paisanu le dio tiempu a echar una firma. Cuando se bajó los calzones y dejó al descubiertu la artillería, la muchacha se asustó: ‘¡Mecá! ¡No me diga que me va usté a meter todo eso…!’ Pero él acertó a tranquilizala con el temple de Humphrey Bogart: ‘¡Qué va, hija mía! Lo que entra es na más que la puntina; el restu es sólu pa empujar’ ”.
El relato continuó un cuarto de hora, mientras Pepín seguía enfrascado en lo suyo y yo anotaba estas inocuas revelaciones en una servilleta de papel, antes de que se me olvidaran.

"PINGÜINOS EN LA BORBOLLA"

Pepín el de la Gloria (Foto: H. del Río)
Fachada del Bar La Gloria

Pingüinos en La Borbolla


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

(LA NUEVA ESPAÑA, 12 enero 2008)

Hay cosas que sólo pasan en los chigres clásicos, que aún son capaces de provocar coincidencias cósmicas, al modo de las conjunciones entre los planetas. Los pocos bares con alma que nos quedan tienen mucho de espacio escénico, de género chico, de corral de comedias, donde se juntan los últimos de Filipinas y el hambre con las ganas de comer.
En los chigres se improvisan espectáculos espontáneamente (y torrencialmente), como si obedecieran a un guión concebido al unísono por Pachín de Melás, Billy Wilder y Eugenio Ionesco. Que se lo digan, si no, al forastero que aterrizó el otro día en el bar “La Gloria”. Era 28 de diciembre, festividad de los Santos Inocentes. Empezaba a anochecer en Llanes cuando aquel hombre -un turista de segunda residencia, quizá, propietario reciente de un pisito en el barrio de San José- toma posiciones en la barra. Se ve a la legua que es una persona civilizada (tal vez, un profesor de IES acariciando la hora de la jubilación). Se atrinchera en el córner con la determinación de Livingstone descubriendo el lago Ngami, y pide a Pepín Sánchez Inclán una cerveza. Y se levanta el telón: irrumpe en escena Manolo Melijosa, “El Parru”, con una entrada algo alborotada, muy de las suyas. Como buen marinero que es, “El Parru” suelta una predicción meteorológica: “¡Puñeteru fríu! ¡Esta noche hay pingüinos en La Borbolla!”
Entra Cosmín Menéndez en su silla de ruedas, y todos nos disputamos el honor de franquearle la entrada. Le sigue Guillermo, el de “La Sirena”, que arranca con una canción de “Los Panchines”, la inolvidable orquestina local de los años cincuenta y sesenta, en la que Cosmín -un gigante de medio metro de altura- tocaba la batería: “¡Si te dan chocolate, / oui, oui, oui, / tómalo todo, dengue, dengue, dengue…!” Nos ponemos todos a cantar, dirigidos por Guillermo.
Se declara una tregua. Un entreacto. Pepín descuelga el teléfono y habla con su hijo mayor, que está estudiando Derecho en Madrid. “Y dime: ¿cómo van las relaciones diplomáticas España-Israel?”. El vástago del chigreru está ultimando un trabajo de fin de carrera sobre política internacional, y el turista escucha algo que era lo último que esperaba escuchar allí. Empieza a mosquearse y a pensar en la CIA, en el Mossad y en la reabierta crisis de Oriente Medio. Aprovechando que alguien deja la puerta abierta, es el momento elegido por Cosmín para hacer mutis por el foro a toda pastilla, como si le persiguiera un comando talibán. El turista da un bote sobresaltado, pero no pasa nada. No cunde el pánico. Simplemente pasa que a Cosmín le ha entrado la urgencia de cambiar el agua al canario. Tarda más de la cuenta en regresar a su puesto, y cuando reaparece se le amonesta paternalmente: “¡Teníamos miedu de que te hubieran secuestrau! ¡Muchu tardasti, jodido!” Y Cosmín responde con buenos reflejos de hombre de mundo: “No es lo que tardo en mear, amigu…, ¡es lo que tardo en encontrala!”

Alguien entona otra canción clásica de “Los Panchines”, “El baile del Musulmé”, y con ello moviliza de nuevo al coro. Pausa. “¡Pepín, pon una ronda, salao!”, pide un paisano que empieza a relatar un suceso extraordinario: “Estaba yo haciendo footing anoche, por fuera del Polideportivo, cuando miro p’atrás y veo un raposu, que me seguía igual que un perru falderu. Corrí con el zorrín en los talones, como si nada, hasta que acabé las vueltas, y allí quedó el animalín, tan perenne”. El forastero -que ha presenciado un espectáculo lineal, sin fisuras, como los de Broadway- se despide y se esfuma, mientras en el bar continúa la función. “¡Mucha burrología…!”, empieza diciendo “El Parru” en el inicio del segundo acto.

domingo, 15 de marzo de 2015

JUDÍOS EN ALEMANIA: EL CASO DE HELMUT SCHMIDT


Helmut Schmidt (Hamburgo, 1918) fue canciller de la República Federal de Alemania desde 1974 hasta 1982. Le antecedió en el cargo Willy Brandt, correligionario suyo en el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), y le sucedió Helmut Kohl, de la Democracia Cristiana (CDU).
Hijo de un profesor de magisterio, Helmut Schmidt había ingresado en las Juventudes Hitlerianas a los 16 años de edad. En la Segunda Guerra Mundial tuvo varios destinos como soldado del ejército alemán (en el frente oriental, entre otros) y alcanzó el grado de teniente. Fue condecorado con la Cruz de Hierro de segunda clase.
Tras finalizar la contienda, estudió en su ciudad natal la carrera de Ciencias Económicas y Políticas. En 1946 ingresó en el Partido Socialdemócrata y fue presidente de la Liga de Estudiantes Socialistas. Su primer cargo político fue en el Ayuntamiento de Hamburgo, entre 1949 y 1953, ocupándose de asuntos de economía y transporte.
En 1953 resultó elegido diputado al Bundestag, parlamento federal alemán.
En 1967, y hasta 1969, desempeñó la presidencia del grupo parlamentario de su partido.
Desde 1968 ocupó la vicepresidencia del Partido Socialdemócrata.
Con el nombramiento de Willy Brandt como canciller, en 1969 Schmidt pasó a ser ministro de Defensa.
En 1972 fue nombrado ministro de Economía, y dos años más tarde fue elegido canciller de la República Federal Alemana dentro de una coalición formada por los socialdemócratas y el Partido Liberal (FDP) encabezado por Walter Scheel.
Se retiró de la política en 1986. A partir de ese año se dedicó al periodismo (coeditor del semanario Die Zeit, conferenciante, tertuliano en programas de televisión...).
Hasta 1988 no reveló ser de origen judío. Ese año, en un programa de la televisión francesa presentado por el ex presidente de Francia Valéry Giscard d' Estaing, dijo: "Mi abuelo era judío y mi padre, según las leyes raciales nazis de Núremberg, era semijudío. Mi padre no quería que se supiese, pero como ya ha fallecido, no tengo motivo alguno para seguir guardando el secreto".

Higinio del Río

Helmut Schmidt, el canciller de la República Federal de Alemania que se enfrentó a la crisis del petróleo de los años setenta y a los episodios más duros del terrorismo de ultraizquierda de la RAF, murió el martes 10 de noviembre de 2015 a los 96 años en su casa de Hamburgo. Schmidt dejó su impronta en la política europea con la introducción del germen del euro y destaca, junto con Willy Brandt, como la gran figura de la socialdemocracia y la política alemana de los años setenta. Su influencia como referente moral del país ha continuado desde entonces. “Un gran canciller necesita un gran tema. En el caso de Konrad Adenauer fue la ligazón a Occidente tras la catástrofe del nazismo; para Willy Brandt fue su Ostpolitik (apertura al este); y para Kohl, la reunificación. Pese a su gran importancia, la figura de Schmidt ha sufrido por carecer de ese logro sobresaliente”, sostiene su biógrafo Hans Joachim Noack.
Tras ocupar las carteras de Defensa, Economía y Finanzas, dirigió el Gobierno de 1974 a 1982. Su mandato no acabó con una derrota en las urnas, sino víctima de un cambio de coalición. Los liberales del FDP, hasta entonces sus socios de Gobierno, retiraron su apoyo al socialdemócrata para aupar al poder al democristiano Helmut Kohl, que lideraría el país los siguientes 16 años. Tras lo que él consideró una traición y afectado por las divisiones en su partido, renunció a encabezar una nueva candidatura en las siguientes elecciones.
Pragmático y representante de la real politik, anglófilo y al mismo tiempo gran defensor de la amistad germano-rusa, agudo polemista y uno de los políticos más queridos por los alemanes hasta su muerte pese a resultar en ocasiones arrogante, Schmidt llegó al poder con el doble reto de reemplazar al visionario Brandt, recién dimitido por un escándalo de espionaje, y de enfrentarse a una recesión internacional de la que Alemania, con una política keynesiana de aumento del gasto, salió mejor parada que muchos de sus socios occidentales.
Schmidt fue un decidido europeísta, que impulsó el Sistema Monetario Europeo, germen del euro
El hombre que llegó a ser teniente en el Ejército nazi durante la II Guerra Mundial se enfrentó con sangre fría a los terroristas de la Fracción del Ejército Rojo (RAF), también conocida por los nombres de sus fundadores, Baader-Meinhof. Uno de los momentos más tensos de su mandato llegó con el denominado “otoño alemán”, los días de 1977 en los que la banda secuestró y asesinó, entre otros, al banquero Jürgen Ponto y al presidente de la patronal, Hans Martin Schleyer.
El canciller no cedió a las pretensiones del grupo, que exigía la liberación de sus compañeros encarcelados y cuyo fin último era la implantación del comunismo en la Europa más industrializada. “Desde que fue secuestrado, ya contábamos con la muerte de Schleyer”, diría más tarde. “Cuando echo la vista atrás, creo que hicimos lo correcto. Pero también sé que fui corresponsable de las muertes; y que tendré que llevar esa carga”, escribió en 2008 en su libro En excedencia.
Pero quizás la decisión más importante de su mandato llegó con el llamado doble acuerdo de la OTAN. En contra de los movimientos pacifistas y de gran parte de su partido, Schmidt impulsó el estacionamiento de misiles de alcance medio si fracasaban las negociaciones de desarme entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Pasó así de ser considerado el “canciller de la paz” al “canciller de los misiles”; y sintió cada vez más la falta de apoyos entre sus compañeros del SPD, partido que nunca lideró. “Fue una decisión muy dura. Pero el tiempo ha mostrado que así aceleró la desintegración de la URSS”, asegura Noack.
Pese a su afiliación socialdemócrata, Schmidt congenió mejor con líderes conservadores como el francés Valéry Giscard d’Estaing o el estadounidense Gerald Ford, que con los teóricamente más cercanos François Mitterrand o Jimmy Carter. Con su gran amigo Giscard d’Estaing —fue al primero fuera del círculo familiar al que el alemán le habló de sus raíces judías, ocultas hasta 1988— ideó la institucionalización de las cumbres europeas y creó el Sistema Monetario Europeo. 
Casado durante casi 70 años con Hannelore Glaser, Loki, fallecida en 2010.
(EL PAÍS, 11 de noviembre de 2015)