domingo, 15 de abril de 2018

ESCUDO DE LLANES


ARMAS DEL CONCEJO DE LLANES

Un escrito del historiador Elviro Martínez Fernández, miembro del Real Instituto de Estudios Asturianos (R. I. D. E. A.)


El blasonamiento de la Villa y Concejo de Llanes fue motivo de preocupación y estudio de los historiadores y heraldistas asturianos durante un mínimo de tres centurias. Uno de los testimonios más antiguos que conocemos es el que figura en el inédito “Heraldario de Cangas”, al folio 21, con estos términos: “Aunque es nueva, la villa de Llanes tiene muy largos privilegios; pinta por armas mitad de león en campo sangriento”. El razonamiento no podría ser menos convincente: “dando a entender q’ está esta Villa en frente de León”. No precisa mucho más Tirso de Avilés (1), que se limita a consignar: “Un medio león en un escudo en campo sangriento”; dejando constancia de unos versos que hicieron fortuna: 

Aqueste medio león,
que está en campo colorado,
es de Llanes su blasón,
por mucho fuerte varón,
con gran esfuerzo ganado.


Piferrer sigue la misma tradición, mientras Ciriaco Miguel Vigil (2) se inclina por este otro contexto: “Trae escudo de gules, y medio león de oro, sostenido de sinople, y una cruz paté de plata”. La representación de Miguel Vigil sigue en uso, sin que medie explicación municipal y pese al dictamen oficial en los siguientes términos: en campo de gules, un león rampante de oro, y en jefe una cruz paté de plata.

(Publicado por Ayalga Ediciones en 1981).



      NOTAS:

1.  Historiador y religioso asturiano del siglo XVI, Tirso de Avilés y Hevia fue canónigo de la Catedral de Oviedo y juez del Cabildo catedralicio. Su reconocimiento llegó gracias a sus estudios heráldicos de epigrafía y de historia de gran importancia pues es de las pocas informaciones que ha llegado a nuestros días en ese campo dentro de Asturias.
2.  Ciriaco Miguel Vigil (1819-1903) fue un historiador ovetense.

domingo, 11 de marzo de 2018

MÚSICOS Y CANTANTES JUDÍOS EN ALEMANIA

OPINIÓN

Heinz Jakob Schumann. (Foto: Harry Schnitger).

Lotti Goldmann. (Foto: Wilhelm Reinke).

Guitarra y cabaret, pese a todo



Lotti Huber y "Coco" Schumann, dos estrellas judías en Alemania


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

La convergencia plena entre judeidad y germanidad siempre es una tarea pendiente. Para Enzo Traversaro (autor del libro “Los judíos y Alemania”), la simbiosis judío-alemana es poco menos que un imposible, a pesar del entusiasmo puesto por relevantes personalidades hebreas de Alemania, como Walter Rathenau, que cantaron y profesaron el patriotismo prusiano. En su desalentador análisis histórico, Travesaro habla de judíos asimilados, “pero sin patria”, y para explicar el asunto pone más el énfasis en el concepto de “monólogo judío” que en el del diálogo, propiamente dicho, entre lo hebreo y lo alemán. ¿Cómo es posible que los judíos sigan viviendo en Alemania?, podríamos preguntarnos.

Pero aunque después de lo de Hitler se sigue manteniendo una visión inevitablemente morbosa de esa realidad, la normalidad de la República Federal no se puede concebir hoy sin la presencia judía, sin la cotidianidad de un componente semita, como parte de la identidad de un país que padeció el trauma de las leyes raciales de Núremberg de 1935 (aquel enajenado propósito de calibrar, obsesiva y milimétricamente, la sangre, las genealogías y los grados de mestizaje de la gente).
No dejan de tener una irresistible fuerza de atracción, en todo caso, las historias de supervivencia, las biografías, los obituarios, los grandes y los pequeños detalles de la vivencia judía en Alemania, que frecuentemente encuentran hueco en los medios de comunicación.
La reciente noticia del fallecimiento, a los 93 años, de Heinz Jakob Schumann, figura del jazz berlinés, nos ha venido a recordar todo eso. Una historia de película (de hecho, había sido uno de los protagonistas del documental “Refuge in music”, de 2013, que recoge el testimonio de músicos alemanes que habían sido recluidos en campos de concentración). De madre hebrea y conocido como “Coco” Schumann, fue uno de los primeros instrumentistas que tocó la guitarra eléctrica en su país. Se había aficionado al swing en plena Olimpiada de su ciudad natal, Berlín, en 1936, en algunos de cuyos bares y clubes actuaría hasta su detención en 1943. Fue internado en Terezin y en Auschwitz, hizo trabajos forzados en situación de esclavitud, formó parte de un grupo musical que tocaba para recibir los convoyes de nuevos prisioneros (y también en sesiones privadas para los oficiales de las SS), y tuvo un cara a cara con Mengele. Después de la guerra compartiría escenario con Ella Fitzgerald y crearía la formación “Coco Schumann Quartett”.
Una trayectoria un tanto similar a la suya fue la de Lotti Huber (Lotti Goldmann, 1912-1998), que encarna también un argumento de cine (el director y militante del movimiento gay Holger Mischwitzky, que firma sus trabajos como “Rosa von Praunheim”, le dio un papel en distintas películas). Nacida en Kiel, hija de un comerciante textil judío, había estudiado danza en Berlín y pasó un año en un campo de concentración, de 1937 a 1938. Al recuperar la libertad emigró a Palestina y en Jerusalén siguió estudiando el arte de la danza; bailó en clubs nocturnos de Haifa y El Cairo con un estilo personal y provocador de “Danza libre”; se casó dos veces (en ambos casos, con militares ingleses), vivió en Londres y abrió un restaurante en Chipre. De vuelta a Alemania en los 60, siguió actuando en cabarés por la senda de la transgresión de los prejuicios pequeño-burgueses. Presentaría programas de televisión y sería un icono para los homosexuales. Un crítico la calificó como “la Marlene Dietrich de los pobres”.
Hasta el final, Lotti y “Coco” cantaron, bailaron y tocaron la guitarra, pese a todo, contradiciendo así la manida sentencia de Adorno (“tras Auschwitz no es posible la poesía”). 


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA de Oviedo el sábado 10 de febrero de 2018).


miércoles, 14 de febrero de 2018

ANTONIO PELÁEZ, PINTOR: ENTRE GRETA GARBO Y MARÍA CHINCHÍN



MUSAS ESQUIVAS


Por Higinio del Río


Cuenta Luis Felipe Vega Sordo que el pintor Antonio Peláez (Llanes, 1921- México, 1994), estaba prendado platónicamente del rostro de Greta Garbo y que, cuando vivía en Nueva York, el artista seguía al mito por las calles de la Gran Manzana. Eran vecinos. Una vez, ella entró en un sitio a comprar tabaco, y Peláez la esperó a la puerta. Al salir, la actriz sueca se detuvo ante él y le espetó gélidamente su desprecio desde detrás de sus gafas de sol: “Me tienes harta… ¡Déjame en paz de una vez!”. 
Luis Felipe (familiarmente “Pipe”, Llanes, 1939), gestiona estas confidencias con el distanciamiento de quien no presume de nada, ni siquiera de la información privilegiada que posee. Pertenece a un mundo de indianos cultos y cosmopolitas y ha moldeado su biografía en las dos orillas del océano. Cumplió los cinco años de edad a bordo del “Marqués de Comillas”, rumbo a México con su familia, en plena II Guerra Mundial. En aquella época, un buque con bandera de España, tan vinculada a la Alemania nazi, era motivo de desconfianza, de ahí que el barco fuese interceptado por un navío de la Armada inglesa, que lo desvió a Trinidad. Los pasajeros recibieron la orden de subir a cubierta, pero a Pipe, que estaba acatarrado, y a su madre les dejaron permanecer en el camarote, con un marinero negro y vestido de blanco como ángel guardián (el primer hombre de color que veía el crío en su vida).
Hay episodios de la historia local y poesía manuscrita en la genealogía de Pipe, hijo de Antonio Vega Escandón y nieto del médico José María Vega Guerra y de Inés Escandón Lamadrid (de la familia del palacio de Vidiago). Un tío abuelo suyo, Manuel Lamadrid, formó parte en México del círculo del emperador Maximiliano de Austria y llevaría a José Zorrilla como invitado a su mansión de Vidiago, donde el poeta y dramaturgo escribió “El bufón de Vidiago”. Uno de sus siete tíos paternos, Tomás, abogado, fue alcalde accidental de Llanes en tres etapas de la Segunda República: 1931, 1933 y 1936. Al padre de Pipe, graduado en Cirugía y Odontología, lo detuvo una patulea de milicianos al estallar la Guerra Civil, y la criada que tenían se presentó en casa con su novio -un pescador anarquista- en el momento de la detención y robó todo lo que quiso y más. Antonio Vega Escandón sería movilizado, dada la necesidad de médicos en el frente, y tras un ataque aéreo, pudo escabullirse y esconderse en una cueva. Cuando vio pasar desde allí a las tropas de Franco, salió a unirse a ellas, pero al llevar puesto el uniforme republicano le metieron, sin más, en un campo de concentración.
En el México de los años 40-50, su esposa, María Teresa Sordo Castañares, mexicana de nacimiento, con raíces en Purón e hija de Tomás Sordo Díaz (un indiano conocido como “el rey de la sal”), vestía a sus hijos como señoritos: bombachos de pana y medias de rombos, que era el colmo de los colmos. “¡Guardapedos!”, les llamaban sus compañeros de colegio. Pipe estudiaría ingeniería industrial en el Instituto Tecnológico de Monterrey y entraría en la IBM. Destinado en Nueva York, un día, se encontró en el ascensor con Antonio Peláez, que residía en el mismo edificio mientras preparaba una exposición. Allí se enteró Pipe de la pasión estética de su amigo por Greta Garbo, lo que inmediatamente le trajo a la memoria la antigua imagen de otra musa, digamos también que inaccesible, que se había cruzado en el camino del pintor: María Chinchín, que atendía el bar más famoso de Llanes, minúsculo edén de paredes renegridas, de porrones y quesos de Peñamellera, refugio de pescadores y tunos, bohemios y viajantes. En la cúspide de su gloria, Peláez seguía siendo cliente del chigre, y se ofreció a poner allí su arte. “Me gustaría pintarle un bonito mural”, dijo a la tabernera. María, sufrida, enjuta y enlutada, le miró como se mira una travesura, y esquivó la oferta mientras pasaba la bayeta por la barra: “¿Embadurname las mis paredes? ¡Quita p’allá, chachu!”

(Artículo "Musas esquivas", de Higinio del Río Pérez, publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA, 4 de diciembre, 2012)

Greta Garbo (Greta Lovisa Gustafsson, 1905-1990),
en su época de esplendor.

Autorretrato de Antonio Peláez, 1965.
(Óleo sobre tela, 140 x 120 cm.).

María Chinchín en los años 50.
Dibujo de José Antonio Sáez Sotres.

miércoles, 24 de enero de 2018

BALTASAR CUE FERNÁNDEdZ: UN CENTENARIO


BALTASAR CUE (1856-1918)




DOS ARTÍCULOS DE OPINIÓN:


I



"Míster Cue" y don Adolfito, cien años después



Una exposición en Llanes para recordar la vida y obra del fotógrafo Baltasar Cue


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

A Baltasar Cue Fernández (1856-1918), de cuyo fallecimiento se cumplirán cien años el 12 de mayo, va a dedicarle este verano la Casa Municipal de Cultura de Llanes una exposición de producción propia y varios actos adicionales. “Mister Cue”, como le llamaban sus convecinos, que admiraban su talante cosmopolita y su dominio de las lenguas imperiales (el inglés y el francés), construyó su existencia entre estereotipos indianos. Durante la segunda mitad del siglo XIX, sus hermanos regentaban prósperos negocios en La Habana, cuando Cuba concentraba más del 60 por ciento de los llaniscos emigrados a América. En aquellas circunstancias, un joven Baltasar cumplió tareas administrativas y de contabilidad en los negocios familiares. Hacia 1882 regresó al Viejo Continente, y en Londres y París, donde vivió, daría rienda suelta a sus vocaciones artísticas, tanto en la pintura como en la fotografía.
Después de permanecer un tiempo en Santander, y resuelto ya a hacerse fotógrafo, se establece profesionalmente en Llanes, en un local en la Plaza de Santa Ana que había albergado el estudio de dos pioneros de la fotografía: Vicente Pérez Sierra, primero, y Macario García Arévalo, después. Durante ese período, que duró apenas cuatro años, hasta 1894, es cuando Baltasar Cue abre su mirada a un universo cercano que hasta ese momento había quedado absolutamente fuera del campo de visión de los fotógrafos profesionales. La genialidad de Baltasar Cue consistió en llevar a su estudio a seres sacados de la marginalidad: músicos ambulantes, mendigos, gente pintoresca y derrotada que despertaba una general simpatía a su alrededor, como Pulientón, Tomai el Colilla, la Nixa, Antón el Ratu o Pepín de la Suela, incorporados a su conocido álbum “Tipos, fiestas y paisajes de Llanes” a modo de friso politeista. De un modo amable, Cue supo trasladar a sus obras la visión de la diversidad humana y de las desigualdades sociales, cincuenta años después de la invención de la fotografía, y situarla ante un ambientado fondo de elegantes decorados creados para encumbrar a los burgueses que solían posar, muy serios, para los retratistas.
Todo esto encierra un indudable interés antropológico. Entre esos personajes entrañables que inmortalizó su cámara, ocupa un lugar destacado Don Adolfito, un trovador gallego de quien cuentan cosas conmovedoras los escritores Ángel Pola y Fernando Carrera. Don Adolfito que era de Santiago de Compostela, acudía siempre a Llanes por primavera, como las golondrinas, con su violín y sus ademanes corteses, dispuesto a dar una serenata a las rapazas guapas que veía por la calle. En el sentir de los vecinos resultaba una figura familiar, perfectamente integrada en la cotidianidad llanisca. Pero un año dejó de venir, seguramente a causa de los achaques de la vejez y la proximidad de la muerte, y se le empezó a echar en falta. Cierto día, un grupo de estudiantes de Medicina en la Universidad de Santiago, entre ellos dos jóvenes de Llanes, iban a empezar en una clase de Anatomía la disección de un cadáver: frente a ellos, cubierto por una sábana, estaba un cuerpo humano; el profesor retira la prenda que lo tapa y los llaniscos reconocen en seguida al muerto: es el trovador que aparecía siempre en Llanes por primavera, como las golondrinas…
El programa del centenario de la muerte de Baltasar Cue, preparado por la Casa de Cultura, incluye conferencias del crítico de arte e historiador de la fotografía Francisco Crabiffosse, del director del Museo del Pueblo de Asturias, Juaco López, y del hispanista norteamericano Lee Fontanella, autor del libro “Historia de la Fotografía en España desde sus orígenes hasta 1900”. Junto a las fotografías de Cue, en la exposición se mostrarán esculturas en madera realizadas por el escultor mierense Llonguera e inspiradas en el álbum del fotógrafo. 

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA de Oviedo el domingo 21 de enero de 2018)


Enlace con el artículo publicado en LA NUEVA ESPAÑA




II


Un pescador y un mar de daguerrotipos


Cuando se tiene un antepasado inmortalizado por Baltasar Cue


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Simplemente por azar, o por caprichos del destino, como en el caso de su antepasado Tomai “el Colilla”, la existencia de José María del Rosal Rodríguez está lindando con la iconografía fotográfica de Llanes. Es una proximidad “por tubería”, pero objetiva, familiar y hasta cierto punto determinante.
Este llanisco nacido en 1958, que había estudiado mecánica del automóvil en sus años de Formación Profesional, es el vicepresidente de la Cofradía de Pescadores “Santa Ana” (institución heredera del histórico Gremio de Mareantes de San Nicolás, creado en el siglo XIII) y no ha hecho otra cosa en su vida que ir a la mar. A principios de la década de los 80 se enroló en las lanchas “Long John” y “Don Paco”, de las que era patrón Modesto García San Román, de la familia de “los Xorobines”, y en 2002, adquirió su propia embarcación, la “Virgen de Guía”, que patroneó bastantes años, hasta que la vendió. Está a punto de jubilarse.
Su esposa, Esther García Fernández, que pertenece a una bien documentada estirpe de fotógrafos llaniscos, viene a hacer patente el paralelismo entre Tomai “el Colilla” y José María del Rosal. Es bisnieta de Gregorio García Ovejas, fotógrafo en Comillas a finales del siglo XIX, nieta de José García Arco (“Pepe”), hija de Ramón García Sánchez, que desempeñó su trabajó como fotógrafo de bodas y eventos en el Santuario de Covadonga, y sobrina de José Antonio García Sánchez, autor de la famosísima instantánea del perfil de Cristo, tomada en la costa de Celorio (José Antonio García trabajaba con su padre, Pepe, en el mismo estudio). García Arco, a su vez, era sobrino de Cándido García Ovejas (1869-1925) y nieto del vallisoletano Macario García Arévalo, nacido en Íscar en 1840 y afincado en Llanes, ambos fotógrafos de primera línea. Por si fuera poco, María Luisa García, hija de Cándido y prima de Pepe García Arco, fue en los años 20 la única mujer dedicada profesionalmente a la fotografía en Asturias.
Si Esther está vinculada al sujeto de la fotografía, José María del Rosal lo está al claramente objeto, al objetivo de la cámara. Tomai “el Colilla”, ancestro de su madre, fue inmortalizado por Baltasar Cue Fernández en la célebre carpeta “Tipos, fiestas y paisajes de Llanes”. Era un niño de la calle y se ganaba la vida como limpiabotas. “Este pillastre andaba siempre a la busca de las colillas que arrojaban los elegantes fumadores, y las colocaba con soltura y desparpajo en la comisura de los labios mientras hablaba indolente; no perdía ocasión para sacar los cuartos a despistados o incautos. Emigró a Cuba, donde se labró una posición desahogada, y no se tiene noticia de que regresara”, se nos dice en un catálogo publicado en 1994. Él y los demás tipos marginales retratados en un estudio equipado con un completo repertorio de telones y decorados, responden a un “interés por mirar a los seres humanos que se salen de la vida supuestamente normal” (Juaco López), y vienen a significar “una humanidad al margen, pero admitida y asimilada, que servía de contrapunto a la supuesta normalidad del resto de los mortales” (Francisco Crabiffosse). Con ellos se estaba haciendo sobre el daguerrotipo una suerte de experimento social, ético y estético de nuevo cuño.

El limpiabotas, protagonista de una peripecia vital digna de la atención de los etnólogos más avezados, estará presente en dos obras de la exposición que inaugurará este verano la Casa de Cultura de Llanes para conmemorar el centenario de la muerte de Baltasar Cue: una fotografía del álbum “Tipos, fiestas y paisajes de Llanes” y una escultura en madera tallada por Llonguera. Con el pitillo en la boca, los pies descalzos y la mirada de pícaro cervantino estará listo para el reencuentro con su pariente José María del Rosal, el marinero que encontró su puerto en una familia llena de fotógrafos.

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA de Oviedo el sábado 24 de febrero de 2018)

sábado, 13 de enero de 2018

LLANES: OBSERVATORIO DE AUSENCIAS

Opinión

La higuera de San Pedro 
y otros testimonios 
de la historia colectiva de los llaniscos



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Son ya cerca de sesenta y cuatro años subiendo la escalinata del Paseo de San Pedro desde la playa del Sablón, un recorrido de cien escalones que permite acceder a un privilegiado puesto de observación. Es y ha sido siempre, para los llaniscos, una ascensión iniciática a un lugar en el que, en medio de la envolvente visión del mar, la montaña y la doble fila de tamarindos, nos reencontramos con nuestra historia personal y colectiva.
A medida que nos hacemos viejos, a donde conducen realmente esos peldaños es a un monumental observatorio de ausencias. Desde él, los años y la nostalgia nos revelan sin medias tintas la pérdida irreparable de elementos sustanciales del paisaje urbano de Llanes. Han ido desapareciendo del patrimonio común, víctimas de un inexplicable desdén, edificios que habían formado parte de nuestra identidad y de nuestras vivencias, como el Palacio del Coju de la Guía (“Villa Vicenta”, aquel majestuoso ejemplo de la arquitectura neogótica inglesa, proyectado a finales del siglo XIX por Casimiro Pérez de la Riva, que parecía sacado de una producción de Disney); el Teatro Benavente (obra de Mariano Deogracias Lastra), en el que descubrimos el cine y el territorio infinito de los sueños; las antiguas Escuelas Públicas (diseñadas en 1914 por Juan Álvarez Mendoza, en las que fuimos alumnos de don José Caso); la Compuerta (nuestra Torre Eiffel, proyectada en 1930 por el ingeniero de Puertos José María Aguirre, desde la que se tiraban los rapaces a la ría en marea alta); el sanatorio del doctor García Gavito (que después de la Guerra Civil sería instituto de enseñanza media y, más tarde, el Hotel México), la mansión racionalista de Ceferino Ballesteros en la avenida de la Paz, el chalet construido en la Segunda República por la Asociación de Comerciantes e Industriales (ACI) en la avenida de México… La voracidad de una mal entendida modernidad, que siempre es un feo asunto, ligado a piquetas, insensibilidades y desprecios, hizo aquí de las suyas.
La capacidad evocadora de todo eso resulta elocuente desde la escalinata de San Pedro. En la última parte de la subida solíamos jugar de críos con carros, diligencias, figuras de plástico de indios y vaqueros y mucha imaginación. Recreábamos sobre aquella rocosa orografía un escenario de desfiladeros, valles, colinas y montañas, en el que discurrían episodios de la conquista del legendario Oeste. Allí cerca, como observándonos mientras jugábamos, se levantaba una gran higuera, pegada a la piedra, que nos daba sombra refrescante en los días de calor. Era el techo abovedado de nuestros sueños del Far West, en aquéllos tiempos en los que toda la semana esperábamos con impaciencia que llegara el domingo para ir al cine de las 5.
La higuera ya no está. Ahora pertenece al catálogo de ausencias del que hablábamos antes. La escalinata de San Pedro, ideada en 1930, había formado parte de un plan de ensanche proyectado por el arquitecto municipal Joaquín Ortiz cuando era alcalde Francisco Saro. Venía a rematar un planteamiento novedoso para modernizar racionalmente la villa. Ese plan incluía una calle entre el Ayuntamiento y el Casino (una arteria que se abrió mucho más tarde, en 1956, aunque sólo parcialmente, que no se completaría hasta los primeros compases del siglo XXI, aunque sin respetar, lamentablemente, el trazado recto que había pensado Ortiz), y la apertura de lo que es la avenida de las Gaviotas, paralela al Paseo de San Pedro, que se haría realidad con casi 70 años de retraso. Del proyecto de Ortiz lo único que se hizo fue la escalinata, que hoy, sin la higuera, se nos muestra más vacía y descarnada que nunca.

(Diario LA NUEVA ESPAÑA de Oviedo, 9 de enero de 2018)


viernes, 12 de enero de 2018

CENTENARIO DE LA MUERTE DEL FOTÓGRAFO LLANISCO BALTASAR CUE FERNÁNDEZ (1856-1918)

UN PERSONAJE EXCEPCIONAL

Baltasar Cue Fernández, en su época de juventud.

El programa conmemorativo se basará en la exposición "Tipos populares llaniscos", que incluirá esculturas del escultor mierense Llonguera inspiradas en la serie fotográfica más conocida de Baltasar Cue

  
En el verano de 2018, la Casa Municipal de Cultura de Llanes organizará distintas actividades para conmemorar el centenario del fallecimiento del fotógrafo Baltasar Cue Fernández (1856-1918). El programa se basará en una exposición de “Tipos populares llaniscos”, que incluirá, como complemento, esculturas en madera del escultor mierense Llonguera, inspiradas en aquella célebre serie fotográfica de Baltasar Cue sobre personajes llaniscos. También habrá conferencias a cargo de expertos como el crítico de arte e historiador de la fotografía Francisco Crabiffosse Cuesta, el director del Museo del Pueblo de Asturias, Juaco López, y el hispanista norteamericano Lee Fontanella, autor del libro "Historia de la Fotografía en España desde sus orígenes hasta 1900".


Nacido en La Arquera en 1856, Baltasar Cue Fernández se había trasladado a Cuba en su juventud. En la isla se dedicó a labores contables y administrativas en las boyantes empresas comerciales de sus hermanos Cayetano y Gaspar. Durante aquella época viajó a menudo por distintos países europeos y aprendió idiomas. En 1882 fijaría su residencia en Londres, donde se inició su afición por la fotografía.
En 1888, de regreso a España, se instala en Santander, donde realizará prácticas fotográficas antes de volver a Llanes. El matrimonio con Aurora de la Fuente García y el nacimiento de sus primeros hijos harán que tenga que dedicarse a profesionales distintas a la de la fotografía: la tramitación, como gestor administrativo, de la documentación oficial para los emigrantes a América.
Paralelamente, organizaba cursos de verano, daba clases particulares y realizaba traducciones del francés e inglés, al tiempo, también, que llevaba la contabilidad de comercios e industrias locales e impulsaba una cetárea de langostas. De 1900 a 1904 presidió la Sociedad Obrera El Porvenir.
La iniciación en la fotografía fue tardía y como simple aficionado. Se estableció como profesional en 1891, en una casa frente al Colegio de La Encarnación. Su negocio tenía el nombre de Fotografía Artística-Hípica Franco-Anglo-Española, y se anunciaba en la prensa en trabajos de campo, vistas instantáneas, paisajes, ampliaciones, grupos, reproducciones y retratos. En 1893 traslada su estudio a la calle Nemesio Sobrino y forma sociedad con Manuel Escandón. Practicará el retrato en gran tamaño a la fotopintura. Si bien ya se había adelantado Fervienza al ejercicio de la asociación entre pintura y fotografía, Baltasar Cue introducirá temáticas nunca abordadas antes por los profesionales, como ocurre con los personajes populares. Sentía inclinación el fotógrafo por los perfiles humanos marginales.
Conservó gran parte de su obra fotográfica en unos álbumes que respondían a su idea de archivar todo Llanes como un legado documental para las generaciones venideras.
Falleció en Llanes el 12 de mayo de 1918.


Baltasar Cue se estableció
como fotógrafo profesional en Llanes
en 1891.

Baltasar Cue, a la izquierda,
con su amigo Vicente Rubiera en La Habana (1876).
Foto: N. Mestre.
  
El fotógrafo en 1897, con su hija María.

"El Tivo", uno de los personajes retratados
por Baltasar Cue en su estudio de Llanes. 

Gaiteros de Libardón
en las fiestas de San Roque.

"Asunción".

"Un coplero". Otra imagen de la serie
 "Tipos populares de Llanes". 

"Torna" (detalle).

El tío Millán,
santero de la Virgen de Guía.

Pepín de la Suela

La Nixa

Juan el de Andrín y su bombo

lunes, 8 de enero de 2018

JOSÉ LUIS CHIVERTO, UN PERIODISTA EN LLANES

José Luis Chiverto Méndez (1938-1980).

LA ÚLTIMA CRÓNICA:

"Fernando Díaz y su pintura"


José Luis Chiverto Méndez había nacido en Orihuela (Alicante) en 1938. Llegó a Llanes en 1968 y trabajó como periodista en el semanario “El Oriente de Asturias”. Era un informador “todo terreno” que, a lo largo de doce años dejaría en Llanes una huella imborrable. En 1970 había publicado su libro "El paisaje reencontrado", número 1 de la colección "Temas Llanes", editada por el periódico llanisco, y al año siguiente su volumen de entrevistas “Hombres, hechos, ideas”, dentro de la misma colección bibliográfica. Moriría en 1980, a los cuarenta y dos años de edad.
Reproducimos aquí el que fue, probablemente su último escrito: una crítica de la exposición del Fernando Díaz Rodríguez (Avilés, 1952) en la antigua mansión de Posada Herrera (que todavía no era la Casa Municipal de Cultura, sino el Museo de Llanes), que vio la luz el 12 de julio de 1980:

“Llanes es nuevamente actualidad pictórica, en este que se avecina largo estío de pintores. En su día escribí que cada pintor que por aquí pasa no sé a lo que viene, si de veraneo o a intentar vender. O ambas cosas a la vez. Pero a los pintores les ha dado por Llanes para sus exhibiciones… y aquí me tiene el lector paciente, que estamos comenzando la temporada y ya no sé por dónde me ando. Bueno: sí que lo sé, porque aquí tengo un pintor. Un pintor de verdad; acaso controvertido, pero que sabe muy bien por dónde anda. Se llama Fernando Díaz, nació en Avilés y vive en Gijón.
¿Cómo es la pinturade Fernando Díaz? Por lo pronto, un tanto controvertida, a partir de un informalismo total, pero lleno de avideces vivenciales en torno a un surrealismo cercano y, al tiempo, evanescente. Las ideas geométricas de la pintura de Fernando Díaz no tienen nada que ver con esa otra pintura que nos muestra, en la que el surrealismo domina los cuadros. Díaz ha querido corporeizar -si la palabra sirve- una serie de ricas vivencias, pero…
Me temo mucho que la pintura de Fernando Díaz anda entre dos carriles asimétricos: de una parte, la fórmula geométrica, casi matemática, para darle al cuadro el trato que merece como ejercicio de sistema. De otra parte, y aún dentro de esta temática, la argumentación casi metafísica de un logro geométrico convertido en luz y color. Hay en su muestra obras en las que se nota bien claramente que el autor no se encierra en estrechos cauces: muy al contrario, busca caminos que seguramente ya están intuidos por él. Y la presente exposición es buena muestra de ello. Veintiocho cuadros -expuestos en el Museo de Llanes- dan buena prueba de la magnitud, de la importancia del joven pintor. Decir a estas alturas que Fernando Díaz es una promesa resulta vacuidad, en tanto en cuanto nos hallamos ante un valor altamente positivo y con un futuro cierto y bien espacioso. La pintura de Fernando Díaz bien merece la pena. Y habrá que detenerse, posarse en ella para ver, en su trasfondo, el mundo de ilusiones y de realidades que lleva a sus tintas y a sus dibujos.

Un hombre, un artista singular, como Fernando Díaz, que ha expuesto en numerosas ocasiones, tanto en colectivas como en individuales -esta es su cuarta en Llanes- bien merece la atención. Acaso, digo, por sus aparentes dispersiones o tangenciales ideas, siempre nuevas, siempre a la búsqueda del mejor hacer pictórico”. 

Chiverto, a la izquierda, junto a la actriz Teresa Gimpera
y el realizador ovetense Gonzalo Suárez, durante el rodaje
en Celorio de la película "Aoom" (1969).

Chiverto, en el sendero de Las Salidas,
camino de Bulnes (1978).

El periodista, en la presentación de su libro de entrevistas
"Hombres, hechos, ideas" (1971).

El pintor Fernando Díaz, en 2017.

Sobre estas líneas, dos obras de Fernando Díaz.