miércoles, 14 de febrero de 2018

ANTONIO PELÁEZ, PINTOR: ENTRE GRETA GARBO Y MARÍA CHINCHÍN



MUSAS ESQUIVAS


Por Higinio del Río


Cuenta Luis Felipe Vega Sordo que el pintor Antonio Peláez (Llanes, 1921- México, 1994), estaba prendado platónicamente del rostro de Greta Garbo y que, cuando vivía en Nueva York, el artista seguía al mito por las calles de la Gran Manzana. Eran vecinos. Una vez, ella entró en un sitio a comprar tabaco, y Peláez la esperó a la puerta. Al salir, la actriz sueca se detuvo ante él y le espetó gélidamente su desprecio desde detrás de sus gafas de sol: “Me tienes harta… ¡Déjame en paz de una vez!”. 
Luis Felipe (familiarmente “Pipe”, Llanes, 1939), gestiona estas confidencias con el distanciamiento de quien no presume de nada, ni siquiera de la información privilegiada que posee. Pertenece a un mundo de indianos cultos y cosmopolitas y ha moldeado su biografía en las dos orillas del océano. Cumplió los cinco años de edad a bordo del “Marqués de Comillas”, rumbo a México con su familia, en plena II Guerra Mundial. En aquella época, un buque con bandera de España, tan vinculada a la Alemania nazi, era motivo de desconfianza, de ahí que el barco fuese interceptado por un navío de la Armada inglesa, que lo desvió a Trinidad. Los pasajeros recibieron la orden de subir a cubierta, pero a Pipe, que estaba acatarrado, y a su madre les dejaron permanecer en el camarote, con un marinero negro y vestido de blanco como ángel guardián (el primer hombre de color que veía el crío en su vida).
Hay episodios de la historia local y poesía manuscrita en la genealogía de Pipe, hijo de Antonio Vega Escandón y nieto del médico José María Vega Guerra y de Inés Escandón Lamadrid (de la familia del palacio de Vidiago). Un tío abuelo suyo, Manuel Lamadrid, formó parte en México del círculo del emperador Maximiliano de Austria y llevaría a José Zorrilla como invitado a su mansión de Vidiago, donde el poeta y dramaturgo escribió “El bufón de Vidiago”. Uno de sus siete tíos paternos, Tomás, abogado, fue alcalde accidental de Llanes en tres etapas de la Segunda República: 1931, 1933 y 1936. Al padre de Pipe, graduado en Cirugía y Odontología, lo detuvo una patulea de milicianos al estallar la Guerra Civil, y la criada que tenían se presentó en casa con su novio -un pescador anarquista- en el momento de la detención y robó todo lo que quiso y más. Antonio Vega Escandón sería movilizado, dada la necesidad de médicos en el frente, y tras un ataque aéreo, pudo escabullirse y esconderse en una cueva. Cuando vio pasar desde allí a las tropas de Franco, salió a unirse a ellas, pero al llevar puesto el uniforme republicano le metieron, sin más, en un campo de concentración.
En el México de los años 40-50, su esposa, María Teresa Sordo Castañares, mexicana de nacimiento, con raíces en Purón e hija de Tomás Sordo Díaz (un indiano conocido como “el rey de la sal”), vestía a sus hijos como señoritos: bombachos de pana y medias de rombos, que era el colmo de los colmos. “¡Guardapedos!”, les llamaban sus compañeros de colegio. Pipe estudiaría ingeniería industrial en el Instituto Tecnológico de Monterrey y entraría en la IBM. Destinado en Nueva York, un día, se encontró en el ascensor con Antonio Peláez, que residía en el mismo edificio mientras preparaba una exposición. Allí se enteró Pipe de la pasión estética de su amigo por Greta Garbo, lo que inmediatamente le trajo a la memoria la antigua imagen de otra musa, digamos también que inaccesible, que se había cruzado en el camino del pintor: María Chinchín, que atendía el bar más famoso de Llanes, minúsculo edén de paredes renegridas, de porrones y quesos de Peñamellera, refugio de pescadores y tunos, bohemios y viajantes. En la cúspide de su gloria, Peláez seguía siendo cliente del chigre, y se ofreció a poner allí su arte. “Me gustaría pintarle un bonito mural”, dijo a la tabernera. María, sufrida, enjuta y enlutada, le miró como se mira una travesura, y esquivó la oferta mientras pasaba la bayeta por la barra: “¿Embadurname las mis paredes? ¡Quita p’allá, chachu!”

(Artículo "Musas esquivas", de Higinio del Río Pérez, publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA, 4 de diciembre, 2012)

Greta Garbo (Greta Lovisa Gustafsson, 1905-1990),
en su época de esplendor.

Autorretrato de Antonio Peláez, 1965.
(Óleo sobre tela, 140 x 120 cm.).

María Chinchín en los años 50.
Dibujo de José Antonio Sáez Sotres.

miércoles, 24 de enero de 2018

BALTASAR CUE FERNÁNDEZ: UN CENTENARIO

OPINIÓN


"Míster Cue" y don Adolfito, cien años después



Una exposición en Llanes para recordar la vida y obra del fotógrafo Baltasar Cue


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

A Baltasar Cue Fernández (1856-1918), de cuyo fallecimiento se cumplirán cien años el 12 de mayo, va a dedicarle este verano la Casa Municipal de Cultura de Llanes una exposición de producción propia y varios actos adicionales. “Mister Cue”, como le llamaban sus convecinos, que admiraban su talante cosmopolita y su dominio de las lenguas imperiales (el inglés y el francés), construyó su existencia entre estereotipos indianos. Durante la segunda mitad del siglo XIX, sus hermanos regentaban prósperos negocios en La Habana, cuando Cuba concentraba más del 60 por ciento de los llaniscos emigrados a América. En aquellas circunstancias, un joven Baltasar cumplió tareas administrativas y de contabilidad en los negocios familiares. Hacia 1882 regresó al Viejo Continente, y en Londres y París, donde vivió, daría rienda suelta a sus vocaciones artísticas, tanto en la pintura como en la fotografía.
Después de permanecer un tiempo en Santander, y resuelto ya a hacerse fotógrafo, se establece profesionalmente en Llanes, en un local en la Plaza de Santa Ana que había albergado el estudio de dos pioneros de la fotografía: Vicente Pérez Sierra, primero, y Macario García Arévalo, después. Durante ese período, que duró apenas cuatro años, hasta 1894, es cuando Baltasar Cue abre su mirada a un universo cercano que hasta ese momento había quedado absolutamente fuera del campo de visión de los fotógrafos profesionales. La genialidad de Baltasar Cue consistió en llevar a su estudio a seres sacados de la marginalidad: músicos ambulantes, mendigos, gente pintoresca y derrotada que despertaba una general simpatía a su alrededor, como Pulientón, Tomai el Colilla, la Nixa, Antón el Ratu o Pepín de la Suela, incorporados a su conocido álbum “Tipos, fiestas y paisajes de Llanes” a modo de friso politeista. De un modo amable, Cue supo trasladar a sus obras la visión de la diversidad humana y de las desigualdades sociales, cincuenta años después de la invención de la fotografía, y situarla ante un ambientado fondo de elegantes decorados creados para encumbrar a los burgueses que solían posar, muy serios, para los retratistas.
Todo esto encierra un indudable interés antropológico. Entre esos personajes entrañables que inmortalizó su cámara, ocupa un lugar destacado Don Adolfito, un trovador gallego de quien cuentan cosas conmovedoras los escritores Ángel Pola y Fernando Carrera. Don Adolfito que era de Santiago de Compostela, acudía siempre a Llanes por primavera, como las golondrinas, con su violín y sus ademanes corteses, dispuesto a dar una serenata a las rapazas guapas que veía por la calle. En el sentir de los vecinos resultaba una figura familiar, perfectamente integrada en la cotidianidad llanisca. Pero un año dejó de venir, seguramente a causa de los achaques de la vejez y la proximidad de la muerte, y se le empezó a echar en falta. Cierto día, un grupo de estudiantes de Medicina en la Universidad de Santiago, entre ellos dos jóvenes de Llanes, iban a empezar en una clase de Anatomía la disección de un cadáver: frente a ellos, cubierto por una sábana, estaba un cuerpo humano; el profesor retira la prenda que lo tapa y los llaniscos reconocen en seguida al muerto: es el trovador que aparecía siempre en Llanes por primavera, como las golondrinas…
El programa del centenario de la muerte de Baltasar Cue, preparado por la Casa de Cultura, incluye conferencias del crítico de arte e historiador de la fotografía Francisco Crabiffosse, del director del Museo del Pueblo de Asturias, Juaco López, y del hispanista norteamericano Lee Fontanella, autor del libro “Historia de la Fotografía en España desde sus orígenes hasta 1900”. Junto a las fotografías de Cue, en la exposición se mostrarán esculturas en madera realizadas por el escultor mierense Llonguera e inspiradas en el álbum del fotógrafo. 

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA de Oviedo el domingo 21 de enero de 2018)


sábado, 13 de enero de 2018

LLANES: OBSERVATORIO DE AUSENCIAS

Opinión

La higuera de San Pedro 
y otros testimonios 
de la historia colectiva de los llaniscos



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Son ya cerca de sesenta y cuatro años subiendo la escalinata del Paseo de San Pedro desde la playa del Sablón, un recorrido de cien escalones que permite acceder a un privilegiado puesto de observación. Es y ha sido siempre, para los llaniscos, una ascensión iniciática a un lugar en el que, en medio de la envolvente visión del mar, la montaña y la doble fila de tamarindos, nos reencontramos con nuestra historia personal y colectiva.
A medida que nos hacemos viejos, a donde conducen realmente esos peldaños es a un monumental observatorio de ausencias. Desde él, los años y la nostalgia nos revelan sin medias tintas la pérdida irreparable de elementos sustanciales del paisaje urbano de Llanes. Han ido desapareciendo del patrimonio común, víctimas de un inexplicable desdén, edificios que habían formado parte de nuestra identidad y de nuestras vivencias, como el Palacio del Coju de la Guía (“Villa Vicenta”, aquel majestuoso ejemplo de la arquitectura neogótica inglesa, proyectado a finales del siglo XIX por Casimiro Pérez de la Riva, que parecía sacado de una producción de Disney); el Teatro Benavente (obra de Mariano Deogracias Lastra), en el que descubrimos el cine y el territorio infinito de los sueños; las antiguas Escuelas Públicas (diseñadas en 1914 por Juan Álvarez Mendoza, en las que fuimos alumnos de don José Caso); la Compuerta (nuestra Torre Eiffel, proyectada en 1930 por el ingeniero de Puertos José María Aguirre, desde la que se tiraban los rapaces a la ría en marea alta); el sanatorio del doctor García Gavito (que después de la Guerra Civil sería instituto de enseñanza media y, más tarde, el Hotel México), la mansión racionalista de Ceferino Ballesteros en la avenida de la Paz, el chalet construido en la Segunda República por la Asociación de Comerciantes e Industriales (ACI) en la avenida de México… La voracidad de una mal entendida modernidad, que siempre es un feo asunto, ligado a piquetas, insensibilidades y desprecios, hizo aquí de las suyas.
La capacidad evocadora de todo eso resulta elocuente desde la escalinata de San Pedro. En la última parte de la subida solíamos jugar de críos con carros, diligencias, figuras de plástico de indios y vaqueros y mucha imaginación. Recreábamos sobre aquella rocosa orografía un escenario de desfiladeros, valles, colinas y montañas, en el que discurrían episodios de la conquista del legendario Oeste. Allí cerca, como observándonos mientras jugábamos, se levantaba una gran higuera, pegada a la piedra, que nos daba sombra refrescante en los días de calor. Era el techo abovedado de nuestros sueños del Far West, en aquéllos tiempos en los que toda la semana esperábamos con impaciencia que llegara el domingo para ir al cine de las 5.
La higuera ya no está. Ahora pertenece al catálogo de ausencias del que hablábamos antes. La escalinata de San Pedro, ideada en 1930, había formado parte de un plan de ensanche proyectado por el arquitecto municipal Joaquín Ortiz cuando era alcalde Francisco Saro. Venía a rematar un planteamiento novedoso para modernizar racionalmente la villa. Ese plan incluía una calle entre el Ayuntamiento y el Casino (una arteria que se abrió mucho más tarde, en 1956, aunque sólo parcialmente, que no se completaría hasta los primeros compases del siglo XXI, aunque sin respetar, lamentablemente, el trazado recto que había pensado Ortiz), y la apertura de lo que es la avenida de las Gaviotas, paralela al Paseo de San Pedro, que se haría realidad con casi 70 años de retraso. Del proyecto de Ortiz lo único que se hizo fue la escalinata, que hoy, sin la higuera, se nos muestra más vacía y descarnada que nunca.

(Diario LA NUEVA ESPAÑA de Oviedo, 9 de enero de 2018)


viernes, 12 de enero de 2018

CENTENARIO DE LA MUERTE DEL FOTÓGRAFO LLANISCO BALTASAR CUE FERNÁNDEZ (1856-1918)

UN PERSONAJE EXCEPCIONAL

Baltasar Cue Fernández, en su época de juventud.

El programa conmemorativo se basará en la exposición "Tipos populares llaniscos", que incluirá esculturas del escultor mierense Llonguera inspiradas en la serie fotográfica más conocida de Baltasar Cue

  
En el verano de 2018, la Casa Municipal de Cultura de Llanes organizará distintas actividades para conmemorar el centenario del fallecimiento del fotógrafo Baltasar Cue Fernández (1856-1918). El programa se basará en una exposición de “Tipos populares llaniscos”, que incluirá, como complemento, esculturas en madera del escultor mierense Llonguera, inspiradas en aquella célebre serie fotográfica de Baltasar Cue sobre personajes llaniscos. También habrá conferencias a cargo de expertos como el crítico de arte e historiador de la fotografía Francisco Crabiffosse Cuesta, el director del Museo del Pueblo de Asturias, Juaco López, y el hispanista norteamericano Lee Fontanella, autor del libro "Historia de la Fotografía en España desde sus orígenes hasta 1900".


Nacido en La Arquera en 1856, Baltasar Cue Fernández se había trasladado a Cuba en su juventud. En la isla se dedicó a labores contables y administrativas en las boyantes empresas comerciales de sus hermanos Cayetano y Gaspar. Durante aquella época viajó a menudo por distintos países europeos y aprendió idiomas. En 1882 fijaría su residencia en Londres, donde se inició su afición por la fotografía.
En 1888, de regreso a España, se instala en Santander, donde realizará prácticas fotográficas antes de volver a Llanes. El matrimonio con Aurora de la Fuente García y el nacimiento de sus primeros hijos harán que tenga que dedicarse a profesionales distintas a la de la fotografía: la tramitación, como gestor administrativo, de la documentación oficial para los emigrantes a América.
Paralelamente, organizaba cursos de verano, daba clases particulares y realizaba traducciones del francés e inglés, al tiempo, también, que llevaba la contabilidad de comercios e industrias locales e impulsaba una cetárea de langostas. De 1900 a 1904 presidió la Sociedad Obrera El Porvenir.
La iniciación en la fotografía fue tardía y como simple aficionado. Se estableció como profesional en 1891, en una casa frente al Colegio de La Encarnación. Su negocio tenía el nombre de Fotografía Artística-Hípica Franco-Anglo-Española, y se anunciaba en la prensa en trabajos de campo, vistas instantáneas, paisajes, ampliaciones, grupos, reproducciones y retratos. En 1893 traslada su estudio a la calle Nemesio Sobrino y forma sociedad con Manuel Escandón. Practicará el retrato en gran tamaño a la fotopintura. Si bien ya se había adelantado Fervienza al ejercicio de la asociación entre pintura y fotografía, Baltasar Cue introducirá temáticas nunca abordadas antes por los profesionales, como ocurre con los personajes populares. Sentía inclinación el fotógrafo por los perfiles humanos marginales.
Conservó gran parte de su obra fotográfica en unos álbumes que respondían a su idea de archivar todo Llanes como un legado documental para las generaciones venideras.
Falleció en Llanes el 12 de mayo de 1918.


Baltasar Cue se estableció
como fotógrafo profesional en Llanes
en 1891.

Baltasar Cue, a la izquierda,
con su amigo Vicente Rubiera en La Habana (1876).
Foto: N. Mestre.
  
El fotógrafo en 1897, con su hija María.

"El Tivo", uno de los personajes retratados
por Baltasar Cue en su estudio de Llanes. 

Gaiteros de Libardón
en las fiestas de San Roque.

"Asunción".

"Un coplero". Otra imagen de la serie
 "Tipos populares de Llanes". 

"Torna" (detalle).

El tío Millán,
santero de la Virgen de Guía.

Pepín de la Suela

La Nixa

Juan el de Andrín y su bombo

lunes, 8 de enero de 2018

JOSÉ LUIS CHIVERTO, UN PERIODISTA EN LLANES

José Luis Chiverto Méndez (1938-1980).

LA ÚLTIMA CRÓNICA:

"Fernando Díaz y su pintura"


José Luis Chiverto Méndez había nacido en Orihuela (Alicante) en 1938. Llegó a Llanes en 1968 y trabajó como periodista en el semanario “El Oriente de Asturias”. Era un informador “todo terreno” que, a lo largo de doce años dejaría en Llanes una huella imborrable. En 1970 había publicado su libro "El paisaje reencontrado", número 1 de la colección "Temas Llanes", editada por el periódico llanisco, y al año siguiente su volumen de entrevistas “Hombres, hechos, ideas”, dentro de la misma colección bibliográfica. Moriría en 1980, a los cuarenta y dos años de edad.
Reproducimos aquí el que fue, probablemente su último escrito: una crítica de la exposición del Fernando Díaz Rodríguez (Avilés, 1952) en la antigua mansión de Posada Herrera (que todavía no era la Casa Municipal de Cultura, sino el Museo de Llanes), que vio la luz el 12 de julio de 1980:

“Llanes es nuevamente actualidad pictórica, en este que se avecina largo estío de pintores. En su día escribí que cada pintor que por aquí pasa no sé a lo que viene, si de veraneo o a intentar vender. O ambas cosas a la vez. Pero a los pintores les ha dado por Llanes para sus exhibiciones… y aquí me tiene el lector paciente, que estamos comenzando la temporada y ya no sé por dónde me ando. Bueno: sí que lo sé, porque aquí tengo un pintor. Un pintor de verdad; acaso controvertido, pero que sabe muy bien por dónde anda. Se llama Fernando Díaz, nació en Avilés y vive en Gijón.
¿Cómo es la pinturade Fernando Díaz? Por lo pronto, un tanto controvertida, a partir de un informalismo total, pero lleno de avideces vivenciales en torno a un surrealismo cercano y, al tiempo, evanescente. Las ideas geométricas de la pintura de Fernando Díaz no tienen nada que ver con esa otra pintura que nos muestra, en la que el surrealismo domina los cuadros. Díaz ha querido corporeizar -si la palabra sirve- una serie de ricas vivencias, pero…
Me temo mucho que la pintura de Fernando Díaz anda entre dos carriles asimétricos: de una parte, la fórmula geométrica, casi matemática, para darle al cuadro el trato que merece como ejercicio de sistema. De otra parte, y aún dentro de esta temática, la argumentación casi metafísica de un logro geométrico convertido en luz y color. Hay en su muestra obras en las que se nota bien claramente que el autor no se encierra en estrechos cauces: muy al contrario, busca caminos que seguramente ya están intuidos por él. Y la presente exposición es buena muestra de ello. Veintiocho cuadros -expuestos en el Museo de Llanes- dan buena prueba de la magnitud, de la importancia del joven pintor. Decir a estas alturas que Fernando Díaz es una promesa resulta vacuidad, en tanto en cuanto nos hallamos ante un valor altamente positivo y con un futuro cierto y bien espacioso. La pintura de Fernando Díaz bien merece la pena. Y habrá que detenerse, posarse en ella para ver, en su trasfondo, el mundo de ilusiones y de realidades que lleva a sus tintas y a sus dibujos.

Un hombre, un artista singular, como Fernando Díaz, que ha expuesto en numerosas ocasiones, tanto en colectivas como en individuales -esta es su cuarta en Llanes- bien merece la atención. Acaso, digo, por sus aparentes dispersiones o tangenciales ideas, siempre nuevas, siempre a la búsqueda del mejor hacer pictórico”. 

Chiverto, a la izquierda, junto a la actriz Teresa Gimpera
y el realizador ovetense Gonzalo Suárez, durante el rodaje
en Celorio de la película "Aoom" (1969).

Chiverto, en el sendero de Las Salidas,
camino de Bulnes (1978).

El periodista, en la presentación de su libro de entrevistas
"Hombres, hechos, ideas" (1971).

El pintor Fernando Díaz, en 2017.

Sobre estas líneas, dos obras de Fernando Díaz. 

viernes, 29 de diciembre de 2017

RADIO CLÁSICA DE RNE NOS DESCONCIERTA


Cuando el siglo XXI reinventa modos radiofónicos de los años 60

Aires de cambio en Radio Clásica


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

La radio lo era todo en aquellos años de Guerra Fría y caldo caliente, igual que lo había sido durante las tres décadas precedentes. Arrimábamos en familia la oreja al receptor y llenábamos nuestra vida de boleros y radionovelas que ayudaban a sustraernos de una gris realidad. Para los llaniscos de entonces, locutores como Federico Llata Carrera, con su popular espacio “La caravana de la alegría” en Radio Cantabria, resultaban sencillamente imprescindibles. No se concebían las tareas del hogar y el día a día sin el acompañamiento de Antonio Machín, Manolo Escobar o Matt Monro, sin las dedicatorias “de parte de quien ella sabe”, sin los anuncios de Cola-Cao y sin los melodramas de Sautier Casaseca.   

Lo que no podíamos imaginar es que todas aquellas prácticas del modo de entender el medio en los años 60 iban a ser un modelo a seguir por los directivos de Radio Clásica de Radio Nacional en el siglo XXI, inmersos, a lo que se oye, en la zozobra de una confusa metamorfosis. Si bien se mantiene en ese canal de RNE un bloque de programas fieles a la filosofía original, se están percibiendo síntomas de cambio que nos dejan desconcertados. No estábamos acostumbrados, desde luego, a contenidos en los que predominan de forma espesa la palabra, las opiniones, los comentarios, las entrevistas, las peticiones del oyente, los concursos y los modos, en fin, propios de las emisoras generalistas.

La emisora había venido siendo, desde el principio y hasta ahora, un perfecto ejemplo de divulgación de la música y de democratización de la cultura, la mejor oportunidad para acercar la música clásica al pueblo llano. Creada en 1965 bajo el nombre de Segundo Programa de RNE, renombrada luego como Radio 2 y rebautizada en 1994 como Radio Clásica, gracias a ella nos hicimos aficionados a la música varias generaciones de españoles. Didácticamente, nos ofrecía el disfrute del patrimonio musical de la humanidad, mientras los locutores hacían suya una labor pedagógica y el oyente se enriquecía con clases magistrales en pequeñas dosis (concisas explicaciones que bastaban para enseñarnos a distinguir, por ejemplo,  el clasicismo del barroco), sin esfuerzo, según una fórmula aplicada en Europa desde los años 30, que incluía la retransmisión en directo de grandes conciertos. Un esquema tan simple como eficaz.

La supuesta renovación que han sacado de la chistera los actuales directivos de Radio Clásica para captar nuevos públicos tiene el vicio de confundir la divulgación con la vulgarización del producto. Tal y como se están poniendo las cosas, muchas veces, no queda más remedio que apagar el receptor o cambiar de emisora. Cuando aún está reciente la pérdida de sus dos grandes paradigmas: Juan Claudio Cientuentes “Cifu” (“Jazz porque sí”) y José Luis Pérez de Arteaga, que sabían mezclar la palabra y la música en la justa proporción, resulta contra natura el actual repliegue de la música en beneficio de un desatado torrente de monólogos, diálogos, y circunloquios. Se ha colado, además, la machaconería de un falso concepto de participación ciudadana, secuela del discurso dominante, que invade todas las franjas horarias, como si los oyentes no dispusiesen de cauces bastantes, fuera de antena, para elevar sus opiniones, sugerencias y críticas.

Ante este panorama nos sentimos indefensos y desubicados, añorantes de aquellos tiempos en los que la música era el principal argumento, expuesto linealmente desde la mañana hasta la noche, y sólo interrumpido por oportunos comentarios. ¿A qué viene ahora este afán de dar la murga?

(Diario LA NUEVA ESPAÑA de Oviedo, miércoles 27 de diciembre de 2017)





jueves, 23 de noviembre de 2017

LLANES: UN PERRITO CON EL APLOMO DE HUMPHREY BOGART Y LA DECISIÓN DE GIOVANNI GIACOMO CASANOVA

                                                                       Foto: ROSA ROZAS

HERMANO "SOL"

Por Higinio del Río Pérez

El “Sol” vive en un apartamento sobre las rocas que flanquean la Playa del Sablón, al lado de la muralla medieval. Soltero y sin compromiso, es todo un personaje, un “bon vivant” que habría hecho buenas migas con el santo de Asís (podría ser incluso un buen cronista oficial de Llanes, porque conoce el pulso de la localidad y no despierta la menor animadversión).
Por mucha tensión prebélica que viva el mundo, no ha nacido aún el guapo que le haga a él variar las costumbres. Sobre las nueve de la mañana, asoma el morro en la cancela y, sin acelerarse, sale con la cabeza alta, caminando con pasos cortos a la búsqueda de la aventura diaria de la vida. Junto a la escalinata que baja al arenal, contempla el panorama en silencio (últimamente parece que lo hace de un modo más concentrado, porque también a él le trae a mal traer la amenaza presente y futura del chapapote); deambula luego por el Paseo de San Pedro y se suma a las escasas tertulias de peso que aún le quedan a la Puebla de Aguilar. Aunque es un tipo independiente –y a veces gasta malas pulgas-, el “Sol” está ansioso de cariño. Se arrima sólo al trigo limpio y huele a distancia las fuentes orales de verdadera confianza. En el lugar donde vive, había antiguamente unas casuchas habitadas por singulares protagonistas de la intrahistoria de Llanes, como la honrada y querida familia de Perfecto Santos Cue, “Teto”, de cuya época todavía hay quien recuerda las ocurrencias en verso que sobre su madre popularizó en plena posguerra la ingeniosa Concha “la Juanilla”, la esposa de “Juanillo” Goti (uno de los ciento treinta miembros de la tripulación que dio la vuelta al mundo a bordo del “Nautilus” entre 1892 y 1894), que era vecina de ellos. Al “Sol” se le ponen tiesas las orejas cuando oye aquéllo de: 

“Las bacinillas de Tanis,
nadie lo puede negar,
desde la puerta vemos
que siempre están a pleamar. 
Perfecto coge el calderu,
lu va a tirar al Sablón
pa que, por la noche,
los críos hagan la deposición. 
El calderu no lu friega,
por si lu lleva la mar,
pero mete el agua en casa
pa fregar la vasa
que emporcaron al cenar.
Tanis es trabajadora, 
nadie lo puede negar, 
aunque siempre está en la bolera de “La Bombilla”
viendo a los hombres jugar”.


Le tira ese casticismo de palanganas y pucheros con remaches, en el que nunca faltan personas graciosas: “¡Quién me iba a decir a mí, chachu, que el orinal que heredé de mi güela, que hizo muchu serviciu en casa cerca de noventa años, iba a acabar expuestu pa que lu contemplen los turistas!”, oía decir el otro día, en el mercado de los martes, a una porruana que hablaba con orgullo del Museo Etnográfico del Llacín.
Pero, sobre todas las cosas, y aunque su palmito abulte poco, el “Sol” es un experto en los lances de galanteo. La primera actividad vital de este ligón empedernido se centra en coleccionar novias. Su éxito con el género femenino está en la naturalidad, en no aparentar lo que no es: posee el aplomo de Humphrey Bogart, la decisión de Giovanni Giacomo Casanova y la fragilidad de Bambi. El “Sol”, hijo ratonero del mestizaje, es, en fin, el perro más listo y rumbero de Llanes y, frente a la psicosis de guerra que nos rodea hoy, se ha convertido en un símbolo de paz: nadie aplica tan al pie de la letra como él eso de “haz el amor y no la guerra”.

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el jueves 13 de febrero de 2003)